Archivo diario: noviembre 17, 2009

anécdota V – El Informe María Agustina

Siempre nos creemos sabedores de la verdad, pero para mí aquel día cambió esta creencia. Cuando realicé esta entrevista, me di cuenta de que realmente no sabía nada sobre el caso María Agustina. La transcribo abajo; vosotros mismos podréis entenderlo:

ENTREVISTADORA: Con motivo del 5º aniversario del cambio de sentido de María Agustina, hemos invitado hoy a nuestro programa a uno de los hombres claves en aquel día, el técnico que se encargó de coordinar aquel giro en sentido contrario. John McRotond, buenas tardes. Cuéntenos como recuerda usted aquel día.

JOHN McROTOND: Pues realmente, para mí fue un día muy duro. Me llamaron desesperados. Hubo un fallo en la planificación enorme, y es que no habían creído las consecuencias que ese cambio de sentido de María Agustina podría tener.

ENTREVISTADORA: ¿Que ocurrió exactamente?

JOHN McROTOND: Bueno, para su explicación debemos fijarnos en las coordenadas de María Agustina: 39.988667,-0.034465. En ellas está la clave: en ese punto, se producen modificaciones en la referencia de los cuerpos que giran solidarios con el eje, describiendo sus extremos una circunferencia y la fuerza gravitacional entre la Tierra y los objetos situados en su superficie o cerca de ella. Y de esas modificaciones, que siempre había girado al revés.

ENTREVISTADORA: ¿Entonces, el nuevo cambio provocado produjo alteraciones en las fuerzas?

JOHN McROTOND: Así es. Se ha creído que las confusiones para girar la plaza ese día eran simples engaños. Pero no es así, hablamos de un factor mucho más complicado: Se alteró el que siempre había sido su sentido original, y piense que hablamos de fuerzas, de movimientos. Pronto, las primeras consecuencias se empezaron a notar en los edificios más cercanos, donde las manillas del reloj retrocedían, las aguas giraban al revés…

ENTREVISTADORA: Jamás habíamos sabido nada acerca de estos hechos.

JOHN McROTOND: Claro, un error en la planificación de estas dimensiones se intentó encubrir. Pero lo que le he contado hasta ahora era sólo en el primer nivel. Conforme iba avanzando el tiempo, los efectos se iban propagando como una onda expansiva y, al mismo tiempo, en los primeros niveles, su intensidad aumentaba.

ENTREVISTADORA: ¡Pero esta información es totalmente inédita! Cuéntenos, por favor.

JOHN McROTOND: Llegó un momento en que la intensidad de la fuerza que afectaba a la plaza María Agustina influía incluso en los procesos habituales que realiza el cerebro humano, de ahí los supuestos equívocos de la gente en ese día. Claro, les convenía que pensáramos que eran equivocaciones, para que no se desvelara el enorme fallo en el proyecto.Aunque para quienes lo llevaban a cabo, podía producirse una situación desastrosa.

ENTREVISTADORA: Díganos, John ¿de qué situación se trata?

JOHN McROTOND: Sabrá usted de la proximidad con la plaza de la independencia, la Farola, y que el sentido de esta plaza es el que ellos denominan “sentido normal”. Con las alteraciones de las fuerzas podía cambiar su sentido al que ellos estaban eliminando, el tradicional de María Agustina y, obviamente, ellos querían evitarlo a toda costa.

ENTREVISTADORA: Entiendo. ¿Y fue entonces cuando contactan con usted?

JOHN McROTOND: Así es. Yo me había puesto en contacto con ellos, previamente, cuando supe del cambio de María Agustina. Leí en la prensa los movimientos surgidos, las abundantes manifestaciones populares en contra del cambio. Fue entonces cuando estudié el caso, redacté el “Informe María Agustina” y basándome en él, les avisé que era mejor dejar las cosas como estaban. Pero mis advertencias fueron pasadas por alto, hasta que ellos mismos no se vieron en esa situación crítica.

ENTREVISTADORA: ¿Y cómo hizo para resolver la situación?

JOHN McROTOND: En aquel momento, analicé las circunstancias y vi que la clave estaba en la fuente de María Agustina. Intervinimos en ella, ya que, por su situación, actuaba como punto de partida del eje de giro en que todo movimiento circular se basa.

ENTREVISTADORA: Impresionante. Nunca habíamos sabido de esta situación. John, muchas gracias por haber venido y habernos desvelado la verdad sobre aquel 23 de noviembre.

JOHN McROTOND: Gracias a ustedes por darme la oportunidad.

Anna Blau

anécdota IV

Me hizo gracia esto del concurso de anécdotas porque pensaba que era la única pardilla que cuando cambiaron el sentido a la maria agustina se confundia una y otra vez.

La cosa es que yo estoy viviendo en Barcelona desde hace ya 6 años. Y me enteré de que cambiaban el sentido de la plaza por familiares y amigos que me lo contaban con indignación. La verdad es que no entendia por qué lo hacian (aún no lo entiendo) pero al estar en el “exilio”, a uno no le afectan las cosas tanto como si las tienes delante. El caso es que bajé A Castellón un fin de semana, después del cambio, y salí de fiesta con mis amigos. Después de estar por diferentes garitos, cambiamos a otro al cual teniamos que ir pasando por la susodicha plaza. Al pasar por alli, vi un coche que iba en sentido contrario al habitual y yo, con toda mi buena fe y unas copas de más me fui hacia el coche, me puse delante y le dije: “Vas al revéees!”. Supongo que el conductor, dedujo que me habia caido de un quinto y pasó de largo. Al ver esto, mi reacción fui quedarme de piedra, mirar los semáforos y mirar a mis colegas. Los semáforos estaban al revés y mis colegas descojonados. Así estuve varios segundos (según ellos, fue una situación muy cómica porque solo hacia que mirarlos y mirar los semáforos) hasta que recordaron que habian cambiado el sentido de la marxa. A partir de ahí fue cuando empezó mi luto, y empezó el cachondeo entre mis colegas, que aún hoy me lo recuerdan de vez en cuando.

En fin, esa es mi anécdota. Un poco increible, pero tengo testigos. Aún hoy en dia miro para el lado contrario al que hay que mirar…

Anna Rodenas

anécdota III

Mi anécdota cuando cambiaron la dirección de MªAgustina supongo que le habrá pasado a más de uno.

Acostumbrada a mirar hacia la izquierda en los pasos de peatones, fui a pasar (fallo mío, con el semaforo en rojo) y miré. Claro, no vi ningún coche, y tiré a pasar. Entonces un coche que venía por la derecha me tocó el claxon y casi me atropella. Yo monté en cólera, le llamé loco lo más bonito, que si se había sacado el carné ayer, que si no sabía las direcciones… Y monté un pitote en medio de la calle impresionante. El hombre no entendía nada, hasta que se dió cuenta de por qué le insultaba, y me señaló una señal (valga la redundancia) vertical que indicaba la dirección. Me puse blanca, roja y de todos los colores, no sólo por el hombre, sino por toda la plaza que me estaba mirando. Le pedí disculpas, y empecé a reirme. Entonces el hombre se rió también y todo quedó en un malentendido. Qué mejor que reirse de uno mismo…

Alejandra

anécdota II – Una anécdota


Corría el año 2004, 23 de noviembre concretamente, cuando me encontraba tumbado en el lecho del gran ficus de Maria Agustina, esperando que el otoño hiciera su función sobre este frondoso vegetal y echara a bajo sus grandes hojas, con la finalidad de coger una para liarme un puro i fumármelo mientras recordaba la única particularidad por la que destacaba esta ciudad que me vio nacer. Llevaba yo 2 o 3 horas de mi valioso tiempo esperando tal suceso, que en una de esas, se me acerca un viejo con gorra de Credicoop Caixa Rural de Castelló de la Plana, procedente de perder su también valioso tiempo en observar las obras de la Plaça les Aules (en aquel entonces en obras, por el magnífico hallazgo de una torre milenaria, que se acabaron cargando finalmente),  y con aires de superioridad mientras levantaba su “gaiato” de madera de roble con taco de goma y detalle de la cara de un perro en el mango, me dijo a voces desde el medio de la calzada:

-Oyeeeee!!!!Tssssst!!!!El aburrido!!!!!

Levanté la cabeza y con cara de atónito por la osadía que mostraba el puto viejo le dije:

-Que pasa?  Hay novedades en el frente???-

El iaio paso de mi impertinencia y me soltó:

-Que tu donde has estudiado ignorante??? Tu no sabes que los ficus son perennes???-

Un puto viejo acababa de vacilarme. A mí, un estudiante de bachiller hecho y derecho, con matriculas de honor en nada.

Siempre he pensado, que gracias a mi concentración y mi relación extracorpórea con el ficus durante estas 2 o 3 horas, este me otorgo algún tipo de poder y provoqué la siguiente fatídica escena a lo Tarantino: “Lo puto iaio”, despistado como tantos, haciendo valer su acertado argumento delante de sus coleguillas pensionistas,  no se había percatado del cambio de dirección de la plaza, y con su cuerpo medio pivotado hacia su derecha para observar que no se aproximaba ningún coche, no se percató del rápido bólido que se acercaba por su izquierda ocasionándole un golpe mortal del que no pudo recuperarse para mi gran decepción.

Inmediatamente después de tal catástrofe (un jubilado acababa de fallecer), me fui dirección C/ Gobernador mientras una hoja del ficus caía sobre el malogrado cuerpo del puto anciano.

Y este es mi relato…

Alexandre Baixauli Ferrando

anécdota I – María Agustina vista desde arriba

Cuando llegué a esta ciudad yo era joven y rebosaba vitalidad. Ya llevaba tiempo pensando en trasladarme a tierras más cálidas y dejar así atrás el frío y la marabunta de coches y gentes diversas que puebla Londres y que estaba empezando a abrumarme. Todo se precipitó cuando algún forastero puso de moda la ‘caza de la ardilla’ y pasamos de ser el reclamo turístico más adorable a adornar, tristemente y con demasiada frecuencia, los despachos de los acaudalados practicantes del nuevo deporte nacional. Pero esa es otra historia…

Cuando llegué a la costa mediterránea, después de haber cruzado el Canal de la Mancha escondida en un camión de frutos secos (Mmmm, aún se me hace la boca agua cuando lo recuerdo) y de atravesar Francia preguntando aquí y allá con mis rudimentarios conocimientos del idioma, pensé que Castellón era el sitio ideal. Las principales razones que me impulsaron a establecerme aquí fueron el suave clima y la enorme afición de sus habitantes a comer pipas.

Pero lo que de verdad me conquistó fue María Agustina. Paseando por la ciudad en busca del sitio adecuado para instalarme, topé con un gran ficus ante cuya sola visión, me avergüenza decirlo, me hice mis necesidades encima. Era enorme, y verde, y alto (perdonen la pobreza de mi adjetivación, pero he de aclarar que aprendí español con un cochino de Extremadura que no había salido mucho de la dehesa hasta que se mudó a Londres).  Después de limpiarme un poco, subí brincando como la pipiola que aún era y llegué hasta la punta más alta…

Allí… ¡Oh, maravilla! Al mirar hacia abajo descubrí que la plaza que tenía a mis pies giraba exactamente igual a las de mi país natal. Siempre he creído en las señales del destino, quizá porque mi tatarabuelo creció en el Central Park de Nueva York y allí escuchó las más variadas teorías sobre la predestinación, que luego yo leí con avidez en las cartas que guardó mi madre.

Desde entonces, mi vida parecía sacada de las páginas de los cuentos de Beatrix Potter, así era de bonita. Niños jugando y comiendo cacahuetes en la plaza, jóvenes enamorados que dejaban caer las bolsas de pipas al suelo en cuanto olían la posibilidad de un beso, ancianos desdentados que dejaban escapar más piñones pelados de los que podían comer, granos de arroz sacudidos de los manteles… Todo rodeado por el ruido coches girando como en mi casa, que me hacía no olvidarme de mis raíces.

Una mañana de noviembre, en cambio, me desperté sobresaltada por los ruidos de claxon que llegaban desde abajo. Conductores con ojeras gritando a diestro y siniestro, caos, confusión, malos humores… Cuando me despabilé, mi cabeza empezó a girar de derecha a izquierda al percatarme de lo que estaba ocurriendo: ¡La plaza ya no giraba bien! Quiero decir, ahora los coches que salían de las nueve calles que rodean a María Agustina tenían que seguir el rumbo habitual de las glorietas en el resto de España.

No sé explicarlo, pero desde entonces, hace ya cinco años, todo se volvió más… (maldito cerdo) sombrío, anodino, aburrido… Ya nadie llevaba a los turistas y señalaba con orgullo dando explicaciones mientras giraba los dedos en una y otra dirección, hubo accidentes y algún atropello menor que apartaba a la gente de sus paseos por la zona unos días (egoístamente, esto para mi suponía menos manjares que llevarme a la boca), incluso a los conductores se les veía más serios a través de las ventanillas…

Varias veces vi a un chico melenudo pasear cabizbajo bajo mi ficus. Iba moviendo la cabeza (en todos los sentidos y direcciones) como si pensara mucho en algo. Más tarde me enteré por la prensa (los cartuchos de kikos no sólo dan de comer, también culturizan) que era ese mismo melenudo de gafitas el que había montado un tinglado enorme para que todo volviera a ser como antes.

Y creo que en ello sigue, cada vez con más amigos que quieren lo mismo que yo y lo mismo que él: que todo siga siendo como siempre, del revés.

Esther M. Alemán