anécdota VI

Aquel 23 de Noviembre de 2004 yo me encontraba fuera de Castellón, y a la vuelta ya se había consumado el crimen, estaba en la boca de todos, y el factor sorpresa, tan necesario para generar buenas anécdotas, había fallecido con la divulgación de la noticia. Así que no pude siquiera preguntarme las razones por las que todos los semáforos estaban al revés, y los porqués de los extraños accesos a la plaza, que obligaban a violentos volantazos si uno quería continuar recorriendo la plaza en el único sentido verdadero.

A falta de verdaderas anécdotas, y aprovechando que últimamente, por razones que no vienen al caso, visito con frecuencia a María Agustina, decidí preguntarle a Ella, por si sabía alguna anécdota jugosa, que me permitiera ganar el concurso de forma totalmente deshonesta. Ella se ofendió notablemente, y no sólo se negó a prestarme esa información tan útil, sino que a cambio aprovechó la oportunidad para desfogarse y contarme su amargura acumulada desde entonces. Este es el resumen de lo que Ella me relató:

“Cinco años después, me preguntas que vi, que sentí. ¿Te importó entonces?

Te diré que ansiaba su regreso como agua de Mayo. Habían pasado muchos días sin sentir el contacto de sus huellas sobre mi piel, sin apreciar la suave presión sobre mi epidermis. Por aquel entonces me sentía renovada, guapa, preparada para nuevas sensaciones. Pero aunque mi cara luciera más suave, más tersa, sin rastro de arrugas, después de aquel inesperado lifting, mi carne seguía cargando con el peso de toda su historia, y debajo de la primera capa superficial estaban marcados, y todavía están, los surcos que fueron dejando mis muchos amantes; bajo la piel sobrevivían, y todavía sobreviven, los caminos construidos por la superposición de los pasos dejados por éstos.

Podrás entender la impaciencia con que esperaba al primero que decidiera volver a procurarme el placer de sus caricias, aunque debo confesar que sentía una inquietud imprecisa, un extraño desasosiego flotando como una velada amenaza. ¿Sabría encontrar mi nuevo amante los caminos de mi deseo? ¿Sería capaz de recorrer bajo mi nueva piel el sentido correcto de mis anhelos?

Por desgracia, mis temores se convirtieron en triste realidad al primer instante. ¿Cómo te sentirías, si esperando un beso, recibieras una colleja? ¿Cómo, si un dedo insistente recorriera una vez tras otra la estrecha rendija de una herida abierta? Aquella fue mi primera sensación: sorpresa, incredulidad, pasmo. Y después: frustración, impotencia, rabia.

Muchos han pasado por mi alcoba desde aquel aciago día, y no puedo decir que me he acostumbrado. La furia de los primeros días se ha convertido en una resignación monótona, cansina, gris. Con el tiempo he conseguido perdonar a mis torpes amantes, he disculpado su debilidad de carácter, su falta de personalidad, su cómoda desidia.

Pero de un tiempo a esta parte, me reconforta pensar que existen unos pequeños héroes dispuestos a todo, seres pasionales y rectos, que de vez en cuando intentan forzar la vuelta a las antiguas costumbres, el cambio hacia el sentido correcto de mi vida. Se manifiestan portando ropajes con mensajes contundentes, y recorren la calles defendiendo mi causa, sin otro premio que la satisfacción del deber cumplido.

Es por ellos, por su lucha desinteresada, por lo que mi alma conserva todavía un gramo de esperanza. Es para ellos, mi última sonrisa, mi eterno agradecimiento.”

Juanjo Montoliu

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3 Respuestas a “anécdota VI

  1. Pingback: Juanjo Montoliu y Esther Martín, ganadores del concurso de anécdotas « Vivimos en Castellon

  2. Qué calladito eres para ciertas cosas, Juanjo.
    Sonrío.

  3. Pingback: El curioso caso de María Agustina « LondonSpanish

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